Aguado y el sello de lo auténtico: el hispalense abre por segunda vez como matador de toros la Puerta del Príncipe

Pablo Aguado Sevilla - Eduardo Porcuna

Pablo Aguado volvió a abrir la Puerta del Príncipe como matador de toros. Fue en septiembre y no en abril, pero la historia volvió a escribirse con una corrida de Jandilla, interesante en líneas generales, y con el sello inconfundible del sevillano. Dos orejas al tercero y una al sexto, pese a necesitar hasta en cuatro ocasiones el descabello, hicieron posible una nueva salida en hombros por esa puerta que todo torero sueña con cruzar. Aguado volvió a encontrarse con Sevilla en dos faenas unidas por el temple, la naturalidad y una forma de entender el toreo que a todo buen aficionado le saca una sonrisa.

Se le vio maduro, sereno, sabiendo siempre lo que hacer con dos toros a los que le sacó todo lo que llevaba dentro. Una tarde que no debe cuantificarse por lo numérico, sino lo vivido en el ruedo. Son días que se recordarán para siempre, faenas que pasan a un nivel superior, esas que no pierden un gramo de importancia pese a poder verla repetida una y otra vez. El alcanzar la gloria tiene muchos caminos, pero el hacerlo de este forma reconforta tanto al propio torero como a los aficionados. Hoy vimos a un Aguado en plenitud, redondo y maduro, ese que se ganó con creces el premios obtenido, pero eso no quita para destacar a una presidencia que se dejó llevar por una marea que quería sacar a su paisano en hombros.

Emilio de Justo cortó una oreja al primero después de una faena de firmeza y oficio, mientras que Roca Rey hizo lo propio con el quinto, un jabonero de espectacular lamina al que entendió desde el principio antes de acortar las distancias. Una tarde en la que los tres toreros dejaron su sello -conceptos a parte- y en la que la corrida de Jandilla ofreció posibilidades de triunfo si los toreros eran capaces de apostar por ella. Pero fue Aguado quien terminó por escribir el capítulo más importante de la tarde, retomando ese camino que le llevaba directo a la Puerta del Príncipe, volviendo a confirmar su particular vínculo con la Maestranza.

Emilio de Justo apuesta por el pitón izquierdo del primer Jandilla y le pasea una oreja

El primero de la tarde, como toda la corrida, perteneció al hierro extremeño de Jandilla. Se llamaba ‘Zaitecu’ y fue recibido por Emilio de Justo con lances a una mano, cambiándose el capote de la derecha a la izquierda. En uno de esos lances por el lado izquierdo, el toro se metió por dentro y, con tan mala fortuna, el cacereño perdió pie, aunque sin consecuencias pese a quedar a merced del astado. Volvió a jugarse la voltereta al quedarse en la trayectoria del animal, quedandose nuevamente a merced de este. Fue medido su castigo en el caballo, destacando posteriormente Antonio Chacón, dejando dos pares de su personal concepto. El toro tendió siempre a abrirse más por el pitón derecho, mientras que por el izquierdo embestía con mayor rectitud. Emilio de Justo brindó la lidia al sevillano Pablo Aguado. Tras una serie de tanteo, tomó la muleta con la mano izquierda. Hubo que tocarle para fijarlo y conducirlo hacia afuera, evitando así que persistiera en ese defecto. Insistió por ese pitón, citando completamente de frente en el primer natural y algo más perfilado en el siguiente. Poco a poco fue haciendo al animal hasta conseguir tres naturales de mérito que llegaron con fuerza a los tendidos, siempre con la muleta muy adelantada y toreando con los vuelos de la pañosa. Hilvanó otra serie al natural, aunque el toro fue acortando cada vez más su embestida y saliendo con la cara alta. Tomó entonces la muleta con la mano derecha, acertando en los terrenos y las distancias ante un animal exigente al que había que llevar muy tapado y sin dejarle pensar debido a que no se salía de las telas. Recuperó después la zurda para un final de faena muy personal, con el que rubricó una actuación sincera y asentada. Tras una estocada perpendicular y tendida, se pidió con fuerza la oreja, que finalmente fue concedida por la presidencia.

Silenciado Roca Rey con el noble y soso segundo

Otro toro muy en el tipo de la vacada extremeña fue el castaño que hizo segundo, un ejemplar al que lanceó con facilidad el peruano. Tuvo movilidad y buen son el de Jandilla, acometiendo con franqueza al caballo antes de que Pablo Aguado entrara en su turno de quites. Un manojo de chicuelinas que fueron todo un compendio de torería al dejarse pasar al astado por la cintura casi sin esfuerzo, durmiéndose el sevillano en cada lance. La larga a una mano puso el broche a un quite de enorme cadencia. Sin apenas probaturas, el limeño se fue más allá del tercio pese a las molestas rachas de viento. Le dejó siempre la muleta puesta a un toro que repitió con nobleza y temple pese a andar al límite de la raza. Un astado con mejor inicio que final de muletazo, de ahí que resultara primordial un toque fijador cuando pasaba por la jurisdicción del torero. Anduvo centrado el peruano en una labor porfiadora en la que, por momentos, se le recriminó su colocación. Al natural, su trasteo no acabó de tomar vuelo ante un toro que poco a poco se fue apagando como una vela. Regresó a la mano derecha, aunque resultó imposible ligar los muletazos, pues el animal tendía a frenarse y a salir con la cara a media altura. Decidió entonces irse a por la espada al comprobar que su labor había perdido intensidad. Dejó una estocada algo tendida, suficiente para pasaportar al astado.

Aguado hace soñar a Sevilla con una faena de cintura y muñecas rotas: dos orejas tras una labor de suma personalidad

Precioso de lámina fue este tercero, un animal bajo, recto de viga y con seriedad en su expresión. Un toro que embistió de forma desigual al capote de un Pablo Aguado que dejó varios lances a la verónica, donde quiso llevar siempre toreado al animal, pese a que algunos de ellos no salieron limpios. Se le cuidó en el caballo, entrando en su turno de quite un Emilio de Justo que pidió perdón a Aguado tras una primera chicuelina en la que el astado clavó los pitones en el albero, dándose una fea costalada. No le apretó Pablo al de Jandilla en su torerísimo inicio. Cinceló una serie con la diestra de gran naturalidad, toreando con todo el cuerpo, rematada con un pase de trinchera de cartel. Volvió a tomar la mano derecha para hilvanar otra tanda de supremo temple, rematada con un cambio de mano previo a un sensacional pase de pecho. Le dio tiempos y distancia al astado antes de volver a dejar otra serie en redondo de su personal corte. Toreó al natural siempre con los vuelos ante un animal que tendió a soltar la cara, de ahí que fuera fundamental cogerle la velocidad. Todo lo hizo con armonía, casi sin esfuerzo, ante un astado al que aguantó parones y miradas, pero que agradeció el buen trato. Una nueva serie al natural puso la plaza boca abajo; tanda en la que jugó con las alturas, conjugando muletazos más en línea con otros llevados tras la cadera. Se asentó en los riñones para hundirse en casa muletazo toreando con la cintura y las muñecas. Se gustó tanto en los remates por bajo como en los cambios de mano, pero también en unos pases de pecho de pura escuela sevillana. Se dejó venir al astado en un final de obra en el que volvió a recrearse tanto dentro como fuera de la cara del animal, colocándolo para la suerte suprema con gran elegancia. Metió la mano con habilidad. El de Jandilla se tragó la muerte hasta caer en el centro del anillo. Sevilla se llenó de pañuelos y la gran faena del hispalense fue premiada con dos orejas.

Ovacionado emilio de Justo ante un quinto con disparo pero sin entrega en las telas que acabó rajándose

Se fue a la puerta de chiqueros Emilio de Justo para recibir al cuarto del festejo. Tras la larga cambiada a una mano en el tercio, lanceó rodilla en tierra al astado en una serie de verónicas que calaron en los tendidos. Tras un inexistente paso por el caballo, destacó la templada lidia de Chacón, siempre abriéndole los caminos al animal, así como los pares de Abraham Neiro. No se entendieron toro y torero en el comienzo de faena, amagando el animal con querer rajarse si no se le sacaba más allá del tercio. Cerradito a tablas, el toro pesaba en los trastos, embistiendo a dos velocidades y sin acabar de emplearse pese a tener disparo. Poco a poco le fue cogiendo el aire a un astado al que pesó una enormidad en los trastos, buscando siempre llevarlo empapado en la muleta. No pudo ser esta una labor de limpieza y armonía, sino un toma y daca entre toro y torero por ver quién salía vencedor. Fruto de ello, los muletazos salieron en ocasiones atropellados, valorando los tendidos la predisposición del cacereño. Al natural no mostró la condición temperamental que sí exhibió por el pitón derecho, pudiendo De Justo dejar algún natural suelto con la premisa del temple. Miró de reojo varias veces a tablas este «Zurrador» antes de salir desentendido camino de los tableros en las postrimerías del trasteo. Fue una faena vertical y asentada en los riñones la de un espada que nunca se dejó ganar la pelea por un astado con genio al que le costó un mundo emplearse. Al igual que en su primer toro, metió la mano con habilidad, siendo este finalmente ovacionado.

Roca Rey y un quinto con virtudes al que le pasea una oreja

Llamó la atención de salida el jabonero que hizo quinto, un ejemplar que no acabó de deslizarse en el capote del limeño. Sí se empleó algo más en su paso por el peto donde se le midió el castigo. Lo esperó Aguado en su quite a la verónica, lanceando con suavidad a un toro que vino siempre dormidito. Compuso bien la figura el sevillano, cerrando su intervención con una media tras la cadera. Puso a la gente en pie Fernando Sánchez con un par en la misma cara del de Jandilla, saludando montera en mano junto a Agustín de Espartinas. Sabía Andrés que la clave iba a estar en el inicio de su faena, clavándose de hinojos en el centro del anillo para cambiarse por la espalda al de Jandilla. Una primera tanda basada en el valor y el ajuste hizo sonar la música. Al igual que le ocurrió a Aguado en el quite, había que tragarle mucho al animal al venir este dormidito. Muy asentado estuvo el espada peruano, entendiendo perfectamente aquello que requería un animal al que no acabó de exprimir. Era un Jandilla al que había que tratar con suavidad, enganchándole los muletazos para que tomara ritmo en sus embestidas. Toreó para él, olvidándose en ocasiones de aquello que sus partidarios vienen buscando. Hizo el toreo fundamental, dejando a un lado esos fuegos de artificio que llegan con rapidez a los tendidos. Pero el toro fue perdiendo poco a poco el celo que había mostrado en la primera mitad de la faena, embistiendo más a media altura y acortando el viaje. Consciente de ello, Andrés acortó las distancias para meterse entre los pitones de este «Campechano». Se dejó llegar una enormidad al astado en un tremendo arrimón que provocó un enorme revuelo en los tendidos. Pasaportó al de Jandilla de una buena estocada y paseó una justa oreja tras una labor en la que exprimió las virtudes de un toro que lo respetó incluso en la distancia corta.

El descabello deja en una oreja una inspirada faena de Aguado al sexto

Al ralentí fueron los lances a la verónica de Pablo Aguado al sexto, un toro que tuvo nobleza, pero al que le costó humillar. Asentó las zapatillas en el albero para torear con las muñecas en un recibo capotero que tuvo su cenit en la parte final del mismo. Destacó con los palitroques Iván García, que saludó montera en mano tras dos importantes pares. De enorme pinturería fue el inicio de Aguado al sexto. Monumental resultó el pase de pecho con el que cerró su tanda. La primera serie en redondo volvió a llevar el sello del temple, buscando siempre llevar enganchado al astado pulseando sus embestidas. Se puso de rodillas para abrochar la serie, quedando por un instante a merced del de Jandilla. Se le vio sereno, consciente en todo momento del terreno que pisaba, quedándose en el sitio e intentando alargar la embestida de un astado al que le costó un mundo ir hasta el final. Fueron medios pases, pero cargados de armonía y de esa naturalidad que siempre se destaca en este torero. Le dio distancias y tiempos entre tanda y tanda para que el toro recuperara el aliento. Gracias a ello el animal acudió con prontitud a una última serie en la que Aguado se lo enroscó a la cintura. Sonaron entonces los gritos de «¡torero, torero!» tras una labor de fina orfebrería por su composición y pureza. Toreó con la cintura y las muñecas, pero también con el alma. Le puso al toro aquello que le faltaba, cerrando su primorosa labor con unos naturales de frente con aroma al barrio de San Bernardo. Metió la mano nuevamente con habilidad para poner el broche a una tarde de enorme peso. Otra vez fue con una corrida de Jandilla, esta vez en septiembre y no en mayo, pero el poso de su obra -pese al tiempo y su evolución como torero- fue el mismo. Tal enjundia tuvo su faena que, pese a tener que utilizar el descabello hasta en cuatro ocasiones, le fue concedida esa oreja que le abría la Puerta del Príncipe por segunda vez como matador de toros.

FICHA DEL FESTEJO

Sábado, 26 de septiembre de 2026. Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Feria de San Miguel, tercera de abono. Corrida de toros. No hay billetes.

Toros de Jandilla, bien presentados y de bella estampa. De gran clase el bravo primero; noble y soso el segundo; bravo y enclasado el extraordinario tercero; de gran bondad y escasa duración el cuarto;

Emilio de Justo, de esmeralda y oro: oreja y ovación.

Roca Rey, de ciruela y oro: silencio y oreja.

Pablo Aguado, de gris plomo y oro: dos orejas y

CUADRILLAS: Agustín de Espartinas y Fernando Sánchez saludaron una ovación tras su actuación en el quinto de la tarde. Iván García hizo lo propio en el sexto.

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