Antológica faena de Morante en La Maestranza: Sevilla saca a Morante a hombros aun sin cortar orejas y la autoridad impide la Puerta del Príncipe

La Feria de Abril vivió este sexto festejo de abono una de esas tardes que trascienden el resultado numérico para instalarse en la memoria del toreo. Morante de la Puebla firmó una actuación antológica en La Maestranza, especialmente frente al cuarto toro de Álvaro Núñez, en una faena cargada de inspiración, personalidad y momentos de un clasicismo irrepetible. El cigarrero llegó incluso a colocar banderillas —con José Antonio a su lado sentado en una silla— y a instrumentar pasajes de la lidia también desde el asiento, en una escena de enorme carga simbólica que desató el fervor de los tendidos.

La conmoción fue tal que, aun sin cortar orejas, el público se echó al ruedo para sacarlo a hombros en un ambiente de auténtica apoteosis. Sin embargo, la autoridad impidió la salida por la Puerta del Príncipe al no haberse concedido trofeos, ordenando la intervención policial, por lo que finalmente Morante fue portado a hombros por la puerta principal. En una tarde de alto contenido artístico, Juan Ortega dejó también una obra de gran calado al segundo, malograda con la espada, mientras Víctor Hernández mostró firmeza y determinación ante el tercero, al que cortó una oreja en su presentación en el coso sevillano.

Morante abrevia con el apagado primero y es silenciado

Le costó emplearse de salida al toro del debut de Álvaro Núñez en Sevilla, un animal no sobrado de fuerzas al que le costó humillar. Pese a ello, Morante cinceló varias verónicas de su personal corte, siempre con las zapatillas asentadas y el mentón clavado en el pecho. Tras su paso por el caballo, donde realizó una pelea franca pero algo desigual, tomó Ortega el capote para cincelar un garboso quite por chicuelinas —tuvo que perder pasos al hacer hilo el animal—, con una media de cierre al ralentí, abrochada tras la cadera. No fue fácil el toro en banderillas, destacando un par de Fernando del Toro, en el que expuso una barbaridad. Por alto inició su labor Morante ante ‘Nenito’, astado que llegó a la muleta soseando. Tomó la zurda para dejar una primera serie al natural, donde todo lo hizo despacio. Le dio tiempos y distancia al animal para citar con suavidad y acompañar la embestida de un toro que embistió con templanza y buena clase, pero al que no se podía apretar. Pese a tener buen embroque, el animal no tuvo continuidad en sus embestidas, imposibilitando una faena de mayor contenido. Conocedor de ello, el cigarrero salió con la espada de matar, enterrando el estoque al primer intento, tras no darse coba con un astado al que ni probó en redondo. Silencio.

Ortega deja pasajes de su personal concepto -a derechas- en una intensa labor que emborrona con el acero al segundo

A la puerta de chiqueros se fue Ortega a recibir a ‘Campiñero’. Con mayor intención que lucimiento resultó la larga de recepción, quedándose el de Álvaro Núñez muy encima. Ya en los terrenos del 3, paró al animal con un lance a la verónica que fue pura armonía. Una vez consiguió sujetar al toro, este se soltó a la verónica en lances de desigual metraje, pero con su inconfundible sello. Pese a tender a embestir por dentro (molestó el viento, más con un capote tan liviano), Juan volcó todo el cuerpo en dos lances de bella y despaciosa composición, rematados con una media tras la cadera. Entró en su turno de quite Víctor Hernández tras una desordenada lidia, cincelando este lances capote a la espalda que helaron el corazón de parte de los asistentes por su ajuste, cadencia y estoicismo. Clavó las zapatillas en el albero, dejándose llegar al astado a la misma faja, importándole poco que se venciera por el pitón izquierdo. Un animal que llegó a la muleta sin definir, de ahí que se sacara de forma poderosa, pero también muy torera, al animal al centro del anillo. Se la dejó puesta para no dejar al toro pensar en una primera serie donde no quiso bajarle en exceso la mano. El cambio de mano final tuvo cadencia. Aprovechó también la prontitud y la movilidad del toro en series cortas, donde siempre trató de llevar empapado al noble astado de Álvaro Núñez. Por el izquierdo fue otro toro, embistiendo con genio y sin hacer caso a los toques. El toro acortó viaje y a punto estuvo de echárselo a los lomos al saber aquello que se dejaba detrás. Volvió al toreo en redondo en muletazos de abajo hacia arriba para aprovechar el buen inicio de su embestida y aliviarlo al final. Estuvo muy de verdad un espada al que se le notó la importancia de la tarde. El final de faena, con el astado acortando algo más su viaje, fue un punto más deslabazado dentro de un trasteo algo desigual por la condición de un astado que fue el día y la noche según el pitón por el que te pusieras. Hizo perfectamente la suerte, le echó la muleta muy despacio, pero la estocada se fue a los sótanos. Se pidió la oreja por parte de los tendidos (estos no tuvieron en cuenta la colocación de la espada), no siendo esta tenida en cuenta por el palco, saludando finalmente Ortega una ovación desde el tercio.

Hernández se cruje al natural en una labor de puro asiento y cintura partida y pasea premio del enclasado tercero

Sorprendió Víctor Hernández a los tendidos con un recibo capote a la espalda en el centro del platillo. Ni siquiera lo probó a la verónica, en un intenso y ajustado recibo rematado con una larga, rodilla en tierra. Protestado fue el tercio de varas de Agustín Collado, el cual traspasó la línea del tercio hasta en dos ocasiones. Solemne fue el caminar de Hernández al centro del ruedo tras el tercio de banderillas. Ceremonioso fue ese comienzo en el que se dejó llegar una enormidad al toro, en un hierático inicio por estatuarios sin mover las zapatillas del albero. Enganchó al de Álvaro Núñez en una serie en redondo donde acabó reduciendo la embestida del animal. Al natural volvió a crujir la plaza, pero la pérdida de las manos del toro emborronó el final de la tanda. Le dio el pecho, se puso en el sitio para echársela en el hocico. Le dio todas las ventajas al animal para que este tomara la muleta. Pero el astado, pese a esa nobleza y buen embroque, no terminó de redondearse en su embestida, es decir, de querer ir hasta el final. No pareció tener prisas; confió en el pulso de su muñeca y en la sutilidad con que maneja los trastos. Sabía que, pese a costarle repetir, la calidad del toro le iba a permitir dibujar un manojo de naturales. Y así fue. No volvió a torear en redondo: todo lo hizo al natural, buscando siempre reunirse con el enclasado animal venido desde tierras gaditanas. Pese a que el animal pedía la muerte, el madrileño no quiso irse de la cara del toro, dejando una serie final a pies juntos, dándole los frentes, donde consiguió robarle un par de naturales de figura vertical, zapatillas asentadas y pulso en las yemas. Le ayudó poco el animal al pasarse este de faena; sonó un aviso y, pese a dejar una estocada caída, le fue concedida la oreja tras, esta vez sí, haber mayoría de pañuelos.

Morante desata la locura en una faena para el recuerdo al cuarto, pero se deja los máximos trofeos con la espada

Apoyado en las tablas del tendido 3, impávido, soltó el capote a una mano Morante al colorao que hizo cuarto. Más que lances, fueron naturales. Se cambió el capote de mano sin rectificar su asentada figura. Pero la locura vino en unos primorosos lances a la verónica: se durmió en cada uno de ellos para regalarle a Sevilla un manojo de lances de su personal concepto. Redujo la embestida del de Álvaro Núñez hasta tal punto que una de las verónicas pareció no tener fin. Sonó la música y la plaza se puso en pie. Pero ahí no quedó la cosa: las tijerillas tras el segundo puyazo volvieron a llevarnos a ese Siglo de Oro. ¡Qué torero! La lidia fue un tratado: colocación, tiempos, imaginación. Hasta banderilleó con una verdad insultante citando de frente y clavando en la cara. Con Sevilla todavía asimilando lo que había ocurrido, pidió los palitroques para dejar un tercio de banderillas donde siempre le dio las ventajas al animal. Pese a estar el toro algo cerrado en tablas, no pareció importarle al de La Puebla del Río, clavando el segundo par en la mismísima cara del animal. Pidió una de las sillas del tendido 2. Se sentó junto a la Puerta del Príncipe para dejar un par al quiebro sencillamente antológico.

Comenzó su labor sentado en la misma silla donde había banderilleado. Ayudados por alto que continuaron con una serie de muletazos de su personal corte, con la plaza rota. No le importó la rebrincada embestida de este ‘Colchonero’: se la dejó siempre puesta para sentirse delante del animal. Con un molinete inició su siguiente tanda. Se pasó al animal por la faja en derechazos de gran cadencia. Se abandonó, se olvidó del cuerpo en otra serie que puso a la gente en pie. Le dio los frentes al toro cuando tomó la zurda, empujando el animal del embroque hacia adelante. Un natural ligado al molinete invertido; redondo al natural, que puso a la gente en pie, sin duda el muletazo más largo del mundo. Volvió a colocarse en el sitio nuevamente con la mano izquierda. Se dejó llegar al animal a la misma faja en muletazos donde jugó con las alturas y las distancias. Le apretó cuando fue necesario y lo alivió cuando el animal lo requería. Pero este sacó un tranco más por ese pitón, quiso morirse empujando por abajo, y el de La Puebla del Río se rompió con este ‘Colchonero’, hermano de aquel astado con el que Talavante rompió a Sevilla en dos al natural hace casi 20 años. Lo enganchó delante y lo soltó atrás. Unas veces de uno en uno y otras de forma ligada. Morante ha realizado muchas faenas importantes en esta plaza, pero sus tandas con la izquierda hoy en Sevilla sobrepasan en gran medida todo lo realizado en La Maestranza. Incatalogable. Histórico. Único. De haber metido la espada, era faena de rabo, pero se dejó los máximos trofeos con la tizona. Pese a ello, los pañuelos flotaron en los tendidos: se le quiso compensar con una oreja, pero el pañuelo no asomó por el palco. Morante estaba roto, desmadejado tras una faena colosal, una obra que quedará en la memoria de todos aquellos que la pudieron ver y sentir. Como solía decir el recordado René Lavand: «No se puede hacer más lento». Una faena mágica, volcánica, donde el de Álvaro Núñez también puso de su parte —sobre todo al natural— para que Morante nos regalara semejante obra de arte.

Silenciado Ortega con el esaborío quinto

Tras la volcánica actuación de Morante, Juan Ortega tenía la seria papeleta de salir tras él a lancear al quinto, un toro un punto más atacado de kilos que sus hermanos, pero que embistió con celo al capote del hispalense. Acertó en no apretarle demasiado, dejando que el animal embistiera a su altura. Jaleadas por su composición y ritmo fueron dos de ellas. Tras pasar por el jaco, entró en su turno de quite el madrileño, quien volvió a exponer una barbaridad en lances de zapatillas asentadas y estoica figura. Con mayor intención que lucimiento fue el inicio por alto de Ortega. Rebrincadito embistió este ‘Barredor’, un animal pronto en el cite, pero que siempre tendió a desentenderse y a soltar la cara. Dejó algún muletazo suelto de su personal concepto, pero su labor nunca llegó a tomar vuelo. Pese a que este quinto no fue un dechado de virtudes, tampoco se le vio suelto a Ortega, costándole cogerle el ritmo al toro en un trasteo al que le faltó decisión. No lo vio claro en la suerte suprema, dejando otra estocada baja en su colocación, siendo finalmente silenciado.

Ovacionada la porfía de Víctor Hernández ante el noble, pero soso y apagado sexto

Cerró la tarde ‘Tampero’, animal que, tras los lances de recibo de Hernández, acudió al relance al caballo que montaba Israel de Pedro, quien consiguió fijar al de Álvaro Núñez al jaco, llegando este sexto a herir al animal. Tras tener que abandonar el ruedo, sería Agustín Collado quien entraría en liza para cerrar el tercio. No fue fácil de lidiar el ejemplar gaditano, quedándose corto y acortando el viaje en el capote de Yelco Álvarez. Cerraría el tercio Marcos Prieto tras un gran par de banderillas, viéndose este obligado a saludar montera en mano. Se siente más seguro Víctor Hernández al natural, algo que se volvió a apreciar en este sexto, un toro soso y desentendido que siempre tendió a aburrirse al final del muletazo. Muy medidos en su tamaño fueron los trastos del madrileño, tanto con el capote como con la muleta. Pese a ello, embarcó al de Núñez en una tanda en la que quiso imprimirle suavidad a las telas. Sin solución de continuidad ligó los pases, acertando en no apretar a un toro que estaba como loco por bajar la persiana. Lo llevó a su aire, cambiándose la muleta a la zurda, pitón por el que aguantó parones y miradas de un animal que tuvo tanta nobleza como sosería. Se volvió a poner en el sitio, le dio los frentes y le corrió la mano con temple en naturales de uno en uno. Acortó distancias en un arrimón final que no cambió el sino de una faena templada y porfiadora, pero sin posibilidades de acabar en triunfo. Al igual que le ocurriera con su primer antagonista, alargó en demasía su labor ante un animal que ya pedía la muerte. Firmó su obra con una estocada que tiró al animal sin puntilla, pidiéndose de forma no mayoritaria la oreja. Tras la no concesión del premio, saludó desde el tercio.

FICHA DEL FESTEJO

Jueves, 16 de abril de 2026. Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Feria de Abril, sexto festejo de abono. Corrida de toros. Lleno de ‘No hay billetes’.

Seis toros de Álvaro Núñez, correctos de presencia y muy bien hechos. Destacó la calidad de segundo, tercero y cuarto.

Morante de la Puebla, de rioja y oro: silencio y dos vueltas al ruedo tras petición.

Juan Ortega, de verde oliva y oro: ovación y silencio.

Víctor Hernández, de grana y oro: oreja y silencio.

INCIDENCIAS: Saludó en banderillas Marcos Prieto en el sexto.